"La ventana de la Habitación del Sótano"


La alarma del reloj despertador la hizo levantarse de un salto, mientras; se desperezaba y sacudía de sus hombros el cansancio habitual provocado por incontables noches de desvelo, Josefina Pioch Caal (su nombre en Guatemala) se acercó a la ventana decorativa (con la intención de que fuera real) de la habitación en donde dormía en el sótano de la mansión de una familia de tercera generación de emigrantes búlgaros. Eran las cinco y veinte de la mañana. Un nuevo día en gringolandia amanecía.

Chefi como la llamaban sus patrones, era una emigrante originaria de Cubulco, Baja Verapaz, lugar que ni buscado en mapa lograban ubicar, aquellos blancos personajes de alturas exorbitantes, igual de curioso les parecía el nombre y no digamos el apellido, así que después de muchos intentos por pronunciarlo bien, optaron por llamarla Chefi. La mujer de treinta cuatro años de edad, había emigrado hacia catorce años, era una joven viuda madre de cuatro hijos, su esposo un cargador de los muchos que habían en el mercado La Terminal había emigrado de su natal Cubulco junto a cuatro jóvenes amigos, con la esperanza de que su dinero alcanzara para el sustento de sus familias.


Se ubicaron en los alrededores de la línea del tren alquilando una pocilga como habitación de las muchas que hay a lo largo de la vía férrea; (por donde vivían las Estrellas de la Línea) trabajando como cargadores de bultos y expuestos a las cuantísimas humillaciones por parte de los ladinos (que se creían), había muerto el fatídico día en que cumplía dieciocho años, al ser arrollado por las llantas de una camioneta cerca del sector en donde componían zapatos; el bulto que cargaba (a mecapal) era demasiado grande para su tamaño y complexión lo cual le impidió observar a más de un metro de distancia así que no pudo darse cuenta cuando el monstruoso automotor conducido por un chofer ebrio se cruzó la calle sin percatarse de que había un transeúnte trabajador en el medio de ella.

Viuda a los dieciocho años, analfabeta y sin más herencia que la fuerza de su juventud Chefi trató de agotar todo recurso, tocó puertas que nunca se abrieron, se dio de cabeza contra la pared mientras: sus hijos lloraban pidiendo comida. Optó por marcharse hacia los yunaites (como le llamaban a Estados Unidos en la jerga local) y proveer a sus hijos de alimentación, de oportunidades y herramientas de las cuales ella careció aunque ello le costara verlos crecer a distancia y renunciar a sus obligaciones y derechos de madre.

Se escuchaba de la boca de familiares de los arrechos aventureros que habían partido años atrás que: en los yunaites se ganaba buen dinero, pero la realidad que viviría no había sido contada ni en las de vaqueros inventadas, y ella estaba a años luz, ni por donde pasó de haber aparecido ni en sus peores pesadillas. Se enjaranó con el usurero del pueblo (cuándo no) dando el título de su propiedad (un terreno que colindaba con las aguas frías del río Chixoy) a cambio de una suma económica que le permitiera saldar los gastos del viaje y por supuesto el pago al Coyote (persona que se encarga oficiosamente de hacer trámites, especialmente para los emigrantes que no tienen los papeles en regla, mediante una remuneración, en otras palabras; negociantes de vidas) se quitó su güipil y su corte, en una parca y apresurada ceremonia sentimental alumbrada por un candil que colgaba de un clavo puesto en la pared de un adobe desnudo, y; en su lugar se zampó un pantalón de lona color negro que compró en una paca del pueblo vecino: Rabinal, zapatos de tenis del mismo color y una playera oscura, por primera vez utilizó un sostén y se trenzó el cabello enormemente largo que después cubrió con una gorra, visera, cachucha. Se despidió de su madre a quien dejó encargados sus hijos y a ellos los abrazó desconsolada, empapada en llanto, balbuceando oraciones y palabras de amor, mientras dormían en un fría madrugada de octubre. De su padre y su esposo se despidió un día antes en el cementerio del pueblo. Uno fallecido en las venas de La Terminal y el otro asesinado en las aguas del río Chixoy en una de las tantas masacres propiciadas por quienes la historia injusta se esmeraba en calificar como héroes de una nación.

El día la abrazó en el camino embelesada en el éxtasis de una agria despedida; observó a través del vidrio del autobús el verde profundo de la campiña que contrastaba con el destello de los árboles de naranjo que descansaban agónicos al pie del río Chixoy, indudablemente ellos también la extrañarían, se sintió embriagada cuando la tomó por asalto el aroma exquisito de los azahares. Mientras a lo lejos la lluvia difusa acicalaba la espesa neblina formando un desesperado encanto de aquel pintoresco cuadro que llevaría tatuado en la memoria y en el corazón.

Llegó a tierras del tío Sam, (en donde supuestamente viviría las maravillas del país de Alicia, ganaría dólares por montón y haría su sueños realidad) después de haber vivido la espeluznante realidad que encara el que se atreve a emigrar (de la manera en como ella lo hizo) y se convierte en indocumentado. Hasta ese día nadie sabía lo que guardaba en su baúl de recuerdos en el folder nombrado: travesía Guatemala- Estados Unidos. En Tapachula, fue secuestrada por policías mexicanos y encarcelada junto a otras mujeres mientras esperaban en las vías del tren para intentar subirse de contrabando en algún vagón, en la cárcel las tuvieron a pan y agua durante varios días, siendo abusadas sexual, emocional y físicamente, pero no sin antes inyectarles las famosas anticonceptivas para que no quedara huella de los macabros días que les hicieron vivir, dos semanas después las fueron a tirar de la palangana de un carro pick-up ( como bultos de basura) al mismo pun
to en donde las encontraron, con el rostro irreconocible, de tanto golpe propinado en la oscura agonía de una celda, por quienes deberían de cuidar la seguridad pública. Bajo la condición de que se desaparecieran, esfumaran, o se petatearan, antes de que las encontraran de nuevo por los alrededores porque volverían a ser sometidas a… y varias carcajadas retumbaron al unísono como truenos de lluvia en sus tímpanos. Todo esto lo comprendió a leguas, en el débil, tímido y complicado español que aprendió en las catequesis de la iglesia, porque su idioma materno era el Achí.

El coyote la abandonó robándole el dinero, en cuando vio aparecer a los policías que la torturaron. Así que el trayecto lo emprendió sola. Logró subirse como pudo mientras el tren pasaba sobre los rieles a toda marcha, vio morir a dos de sus compañeras de celda y de tortura, cuando intentaron subirse, treparse, aventarse a un vagón de lo mallugadas que iban no lograron tomar control y el equilibrio las traicionó y cayeron al vacío; segundos después aquella imagen horrorosa quedaría grabada en el inconsciente y temeroso suplicio vivencial. Porque cuando el último vagón pasó, y lograron ver las vías los rieles quedaron bañados de un rojo profundo.

Veintitrés días duró aquella travesía, entre vagón y vagón de tren, logrando dormir dos horas al día, tenía que sacar fibra y mantenerse chispuda, para que otro más pilas no la aventara al vacío para apropiarse de su lugar, así pasaba los días bajándose y subiéndose al pedalazo, a traspié, al tambaleo, alimentándose de la bondad de los lugareños, que regalaban comida y lugar en donde asearse. En las noches subía al techo del vagón, para cubrirse con el manto de estrellas, que allí en la inmensidad de la soledad las sentía tan cerca que con sólo estirar la mano las podía tener a su alcance, se imaginaba las noches en su natal Cubulco y que esas mismas estrellas velaban el sueño de sus cuatro crías así es que deliraba en su insomne nostalgia y las hacía sus cómplices y en un volátil deseo por regresar lloraba quedito sintiendo solamente deslizar sobre su mejillas lo caliente del agua salada que brotaba de sus ojos negros.

Al otro lado de la frontera la esperaban algunas mujeres de la misma comunidad que habían emigrado años antes, compartiría apartamento con doce personas más, su lugar para dormir sería la bañera que tenía que desocupar a las cinco de la mañana, hora en que se levantaba la mayoría y era el único espacio con regadera para bañarse, le ubicaron un trabajo en casa de un joven matrimonio búlgaro de tres hijos, siendo analfabeta, ignorante del idioma, del país y su reglas no le quedaba de otra que trabajar de ama de casa interna (trabajadora mil usos); e imaginarse a aquellos tres niños canches de ojos color verde ( que al observarlos atontada fantaseaba con las serpentinas aguas del río Chixoy) como sus hijos. Aprendió el sí señor y se echó a los gringos a la bolsa (porque se creían gringos por haber nacido en el país, aunque por sus venas corriera sangre de otro continente, así cabal pasa con las generaciones de guatemaltecos nacidos en ese establo).

Y así fue, observaba desfilar los años que pasaban sumisos ante la oscuridad de aquella ventana, días y noches cundidos de cansancio, de lágrimas, de gritos, de desencanto, de sumisión, en ocasiones caía de rodillas postrada en el suelo y se abrazaba a la ventana suplicando compasión, pidiendo una luz, una señal, una salida al suplicio del insoportable y déspota dolor que comía su alma cada minuto de su cruel existencia, catorce años viviendo en casa de los búlgaros, (como ella los llamaba) sirviendo de niñera, de madre, de consejera, de jardinera, de mascota, de payasa, de sirvienta, de mensajera y todos esos mil usos que genera en el emigrante su condición de indocumentado, se tragaba la cólera cuando restregaba el piso de rodillas, cuando limpiaba tres veces al día los sanitarios en donde ni siquiera se tomaban la molestia de desaparecer el contenido depositado en la taza, de tener que decir: sí señor, sintiendo el deseo enorme de gritar un no. De recibir su pago cada semana y en donde no le agregaban las horas extras. Entre el trabajo y los juegos con los niños que cuidaba, vio crecer a distancia a sus cuatro hijos, que le reclamaban su presencia, sus abrazos, sus te quiero que durante mucho tiempo escuchaban a través de un cable telefónico. (Ser madre a distancia es una cruz tan grande que no todas las mujeres pueden cargar).

Catorce años, depositando remesas cada domingo por la tarde para que su madre pudiera suplir de lo básico a sus cuatro crías, no había estado presente en los días importantes con ellos, (y para ella) en el día de las madres, los días de sus cumpleaños, cuando recibieron sus diplomas de sexto de primaria en la escuela, tantos años guardando abrazos, cuidando gripes a distancia, regañando y dando permisos vía telefónica, muchas cosechas habían pasado y ella seguía posponiendo el regreso.

Esa mañana extrañó como siempre el canto del gallo, el olor a café cocido en la olla de barro, de ver crecer la planta de chile chiltepe que colgaba de una olla despeltrada en la horqueta cerca del corredor, extrañó tortear para el desayuno de sus hijos, esa mañana deseaba estar allá en la tierra en donde vagaban sueltas sus nostalgias, esa mañana se asomó a la ventana como cada
uno de los días de su paseo circunstancial por gringolandia ambas habían entablado una relación inusual, Chefi era la sutil observadora de la película añeja que la otra le regalaba a través de las persianas. Y se imaginó nuevamente sentada desgranando maíz, moliendo el nixtamal en la piedra, cortando naranjas , abrazando a su madre, arrullando a sus hijos, y disfrutando del aroma enloquecedor a tierra mojada porque del otro lado de la frontera allá a lo lejos, de donde había llegado era invierno y en el extremo opuesto a más de cinco mil kilómetros de distancia en donde ella se encontraba encunetada era el tiempo del perverso y arrollador verano con su calor insoportable, de humedad que atosigaba, sí; era verano pero algo faltaba que no lograba encantarla y es que; no existía el canto enloquecedor de las chicharras.

Tras la ventana deseó volar en el tiempo y atravesar las fronteras, verlas desde lo alto y reír desorientada, perdida en la inmensa libertad de un cielo azul, abrazar las nubes e invitarlas a celebrar, a comer tamales, y a devorar el cochito que matarían, a bailar con la marimba del pueblo, a adornar la casa, a ayudar a vestir a su única hija que ese día celebraba sus quince años quiso realizarse en ella y verla en su lindo vestido rosado de encajes. Y lloró, se revolcó en las sábanas de la cama como una desquiciada y se aferró a las persianas desnudas de aquella habitación escondida en el sótano, le partió el alma ser la ausente por obligación, (y por elección forzada) se perdería ese maravilloso momento: de ver a su niña convertida en mujer. Y se imaginó la alborada de un nuevo día, compartiendo con los suyos y regresando por fin al lugar de donde nunca deseó haber salido. Se limpió las lágrimas y se alistó, un nuevo día de trabajo la esperaba. Otra realidad se pintaba y en esa no había escapatoria.

Ilka Oliva.

01 de agosto de 2009.

Illinois, Estados Unidos.

Un comentario

  1. En mi estadia por estas tierras del Norte o los Yunaites, he tenido la opotunidad de establecer amistad con algunaspersonas originarias de Cubulco, Baja Verapaz; un lugar tan recondito, tan remoto, que un cuate con sorna obscura, solia decir: “Ahi ni dios existe”. Lo cierto es que en los dialogos que he sostenido con algunos de ellos, y al ver las expresiones de sus rostros, he podido palpar la magnitud del sufrimiento de estos hermanos Guatemaltecos a quienes la historia o el destino les ha relegado a tan inhumana como miserable condicion. Sin duda, algo de dios y su presencia percibio mi cuate.

    Enorme relato; crudamente revelador,
    lleno de drama y de tragedia que ha marcado y sigue marcando la ominosa existencia de todo un pueblo….

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