Dos veranos: el anglosajón y el indocumentado. ¿De cuál querés?

El viento sigue soplando con su autoritaria fuerza en ésta ciudad. (Raro sería que no fuera irreverente). Es un día típico de verano, treinta y cuatro grados centígrados, la humedad te hace sudar, te desespera por instantes, pero es tan mínimo el tiempo de calor que la gente trata de aprovechar al máximo los pocos días de éste clima, mirás desfilar entre el tráfico de las calles infinidad de carros descapotables, los deportivos con sus conductores coquetos, de cabello cano, los aventureros vestidos de color negro, (la mayoría) en sus lujosas motos Harley-Davidson. Los pantalones capri (o capris), las pantalonetas de manga corta y las famosas bermudas, las blusas de tirantes en colores pastel, en fin la moda y sus pasos de gigante. En la cuestión deportiva; la temporada de béisbol está en su mero mosh, los deportes que se practican al aire libre son el platillo fuerte, si te acercás a las playas del lago Michigan, mirás cantidad de libras de músculos: bronceados, redondeados, y que se menean contorneándose al paso de su dueño. Las patojas en pititanga (bikini) jugando balonvolea (voleibol o bien volleyball para l@s creidit@s). Pero no solamente en las cercanías del lago, en cualquier banqueta mirás patoj@s en patines, en bicicleta, trotando, caminando junto a sus perros, en manadas o ejercitándose individualmente. Porque son solamente tres meses de algarabía climática ya que después llega el otoño y lentamente el frío comienza a apropiarse del ambiente cediendo su paso a los seis meses de invierno.

Hoy el día ha pasado con su genuino paso taimado, ( y lo he observo fascinada) con la radiante luz propia del verano, poco a poco la tarde se ha ido desvaneciendo hasta ceder su paso al cielo bordado de estrellas que por momentos son cubiertas por las celosas nubes que encapotan de gris la manta inmensa en el horizonte, muy de vez en cuando se dejan entrever los finos brochazos que pinta el sol cuando madura y tiende a ubicase al otro lado del hemisferio cuando éste se encuentra con el alba de un nuevo día.

El clima veraniego ha prescindido del chipi-chipi típico de primavera, porque ésta se ha escurrido de golpe junto a las gotas de lluvia y la espesa neblina. Es la temporada que con sus días sumisos exploraba los poros de mi cuerpo y me hacía sucumbir desterrada, ante el recuerdo de un invierno guatemalteco que sólo vive latente en mis recuerdos. He sido testigo del desprendimiento y despedida de los mishitos que se fueron, se marcharon, siguiendo a una brisa que vino del sur y que hacia el sur partió de nueva cuenta soplando suavemente, los he visto en su lento desfile y poblar el ambiente de finos copos de pelo de ángel, mientras que en el mismo cuadro, se pintaban los vientres desnudos de las últimas flores de la temporada que; sumisas agonizaban, ante las oscuras cuencas de mis ojos cansados. Tuve en un instante de locura, la intención de correr tras ellos sin detenerme, no; hasta haber tocado de nueva cuenta suelo guatemalteco, pero mi debilidad y mi catizumbal de temores me lo impidieron.
Estoy en un momento de esos en los que quisiera tener a mi alcance una pastilla Dorival (para que mi vida siga igual) y lograr regular esos embelequeros desajustes hormonales que crea en mí el despido de la primavera, el mes de las flores ingresó con esa galantería propia y con las misma coquetería se marchó, dejando instalado en mi piel al inquilino perenne: el fantasma de Martina (con su eterna sonrisa de güira pícara). Sin embargo ese día él también se marchó y se la llevó (no pudo soportar el calor húmedo del verano estadounidense) dejándome completamente sola e indefensa en éste país de desasosiego emocional, de cansancio mental y de noches sin luna.
Se ha marchado con sus aguaceros, con los días cundidos de zompopos, (que habitan solamente en mis nostalgias) de nubes panzonas y cenizas, con sus chaparrones incontables, se ha despedido la temporada que provocaba en mí una metamorfosis. Y la vulnerabilidad sede, sumisa, desencantada ante el improperio de la palabra: destierro. Hoy divago de nueva cuenta atontada entre mis remembranzas y me apropió de ellas, para poder lograr dominar (a trastabillones) el equilibrio en el tiempo presente.
Y de nuevo el vaivén con el que juega la soledad me invadió desmesuradamente, me atascó la ruidosa y fría lejanía, la arrecha melancolía me ha tomado por el cuello y aturdidos ha dejado mis pulmones postrándome moribunda casi al borde del precipicio, a punto de caer en ese vacío interminable; de perder la noción del tiempo y el espacio, de no poder diferenciar el transparente hilo que separa a la imaginación de la realidad; a la risa del llanto, y al embrujo del desencanto, ese en el que vivo ahora: como una emigrante voluble que se desvanece lentamente en la diáspora.
He vuelto a ese estado crepuscular, somnoliento y fastidioso (a veces) en el que vivo diariamente en ésta agonía sumisa que me provoca el aire ralo de ésta urbe de alcurnia, de gente con y sin clase, (de esa que se han inventado para etiquetar al ser humano los mismos herederos del linaje de los Homo sapiens) en éste país de la eterna denigración, de los abusos, de la meca del cine, de Starbucks y McDonald´s, de mansiones y de gritos sosegados en las gargantas de los emigrantes indocumentados. Busco meticulosamente entre los recovecos que provoca el desgaste del tiempo, sin lograr encontrar la sonrisa de aquella niña bandida y traviesa de sueños y anhelos que endulzaban mi alma.
En el centro de la ciudad, en donde se encuentra la mayoría de rascacielos y las atracciones turísticas, observás policías montados en sus caballos con plantón de buen jinete, en bicicleta, en patines y en una especie de monopatín con motor. En éste país multicultural podés observar desde gringos hasta tibetanos, de chilenos hasta filipinos, te atontás con el murmullo de idiomas que escuchás en las calles, las mujeres africanas con sus trajes multicolores, las hindúes con los adornos en el rostro,
los hombres europeos que te dejan con la baba caída con el porte y su perfil muy parecido al griego, en fin en una sopa como ésta, hierve todo tipo de vegetales. En verano cambia la decoración de las casas, los más cómodos financieramente hablando, cambian los muebles de sus casas, y todo ese tipo de cosas diminutas que realmente no son esenciales para vivir. Hay un día al principio de la temporada designado para que saquen ese tipo de “basura” la ciudad envía personal especial a recogerla pero antes de que eso pase los latinos (la mayoría) ya han madrugado a recogerla y así es como logran amueblar sus casas, con cosas que han recogido en la calle muchas de ellas en muy buen estado. Claro está pero esto lo no cuentan cuando llaman por teléfono a sus familiares en sus países de origen porque el orgulloso Ego no se los permite.
En los parques los tulipanes ya han pasado a mejor vida, en su lugar podés ver chatías, banderas, chinitas, rosales, crisantemos, lirios entre otras. (En otoño será otro tipo de flor). Lo único que no cambia es el trato hacia los migrantes, emigrantes, inmigrantes o como se te ocurra llamarnos. Siempre estás con el miedo de que en cualquier momento si manejás tu carro sin tener licencia del país (obviamente porque sos ilegal) te puede detener la policía y si te sale anti emigrante, ya te jodiste, si te sale con que tiene derechos de agente de migración ya estuvo que te fuiste a corte y después en costal empaquetadit@ de regreso de donde veniste, si vas a bailar a un centro nocturno lo mismo sucede en cualquier momento hacen la famosa redada y te vas a la olla, es por eso que la gente se abstiene de vivir y se dedica a sobrevivir. Los mirás salir de sus casas a sus trabajos, de sus trabajos a sus casas, es por esa razón que muchos viviendo en ciudades turísticas durante años, ellos mismos no las conocen. Y se ahogan en su propia desesperación, en la agonía, en la soledad, y se abrazan a la depresión que es la única compañía que les queda.
Hay quienes no tienen el valor para hablar de ello, de expresar verbalmente que se sienten defraudados, humillados, esclavizados y optan por mentir (típico comportamiento del individuo latinoamericano) y galantean disfrazando de fiesta los fines de semana, y se empachan de licor las venas, desde jueves para quitarse la goma el día domingo. (Y esto no tiene nada que ver con grado de escolaridad, cultural, y todas esas hiervas). Te dicen que por ser fin de semana, mientras que en el fondo la realidad y única verdad es que: la soledad se los come.
Hay quienes se van a bailar y trasnochan, empapados en sudor logran expulsar en cierta manera el malestar emocional (momentáneamente) porque a la mañana siguiente vuelven a vivir su realidad.
Los que se destilan las horas en los casinos, los que vuelven su mejor amiga a la televisión, y yo que no se a cual grupo pertenezco porque por todos he pasado, he bebido, he ido a bailar, he llorado, he gritado, me he sumido en la depresión, y últimamente me he encuevado en mi nido, yo no soy tanto con la televisión pero si con mi ordenador, mis noches las veo desfilar con la mirada clavada en el techo de mi habitación, haciéndome mil preguntas y sin lograr contestar una sola, me he vuelto devoradora de libros, de día leo en inglés (tratando de aprender el idioma) y de noche en español, infinidad de motivacionales ahora me he enamorado de la palabra galante de: El Secreto y su ley de la atracción. En esas ando (pero luego te cuento cómo me va), los niveles de sueño son asaltados por pesadillas, muchas de ellas que no logro recordar a la siguiente mañana, me he vuelto amiga del viento nocturno, porque sutil y escurridizo acaricia mi ventana y la abro para dejarlo entrar. Como mi único y eterno amante trasnochador. Me he vuelto antisocial, muy poco amigable, realmente converso con pocas personas, voy a muy contadas reuniones sociales y odio las visitas sorpresa. Sin embargo hay momentos en los que sopla una suave brisa, que viene del sur y la siento en la piel, tiene el poder de entibiar mi corazón, me habla en clave que a veces me cuesta descifrar tan así que he llegado a creer que es la mano de Dios en mi vida.
Ayer pensaba (mientras veía a la manada de personas enloquecida dirigirse al estadio a observar los juegos de la semifinal de la Copa Oro) que si a los agentes de emigración se les ocurre hacer una redada en un lugar como ese, mínimo se va deportada un 95% de la población.
Éste país tiene cosas hermosas no lo niego, muchas de ellas son sus reservas forestales y sus parques nacionales, pero no podés agarrar camino a otro estado porque te para de guasa un policía y al bote por no tener licencia del país. Muy verano puede ser pero tenés limitaciones de espacio, económicas y sobre todo no tenés la libertad de exponerte. No podés ir a un hotel de esos que aquí abundan con sus complejos turísticos si no pagás con tarjeta de crédito, ¿Y de dónde tarjeta de crédito si no tenés número de seguro social?, no podés abrir cuenta en un banco porque necesitás el número famoso y pagar impuestos. En otras palabras que ni trabajando honradamente te dejan en paz.
He visto cantidad de documentales y películas que hablan del peligro que enfrentás al venir a éste país de forma ilegal, los vi en Guatemala y los he visto aquí, (pero como no es lo mismo verla venir que sentirla) y verlos desde aquí te quema el alma, te hierve la sangre, porque compartís con esas mismas personas diariamente, escuchás historias espeluznantes a cada minuto, y caigo en la cuenta de que sí; la realidad supera a la ficción. De que nuestra lucha vale la pena, de que es urgente una reforma migratoria que nos permita vivir como personas “normales” sin miedos, sin necesidad de esconderse, es necesario que se nos de el permiso o más bien que nos quiten la etiqueta de ilegales para poder transitar libremente dentro de éste país, para que podamos entrar y salir de ésta cárcel. si son: Somos los emigrantes quienes nos partimos la espalda trabajando de sol a sol. Lo veo todos los días: a los albañiles, a los jardineros, a las que trabajan en limpieza: en casas, centros comerciales, en hoteles, a los cocineros, a los lava platos porque hasta inclusive en el restaurante más rascuache del barrio chino mirás rótulos en un pésimo español que anuncian: se necesite un lave platos.
A las que empacan tanto tiliche en las fábricas, sí todos ellos pasan de pie más de doce horas al día, devengando menos del salario mínimo, sin ningún tipo de beneficio, por ser ilegales. La diferencia que hace entre un ser humano y otro en un país como éste es: un papel hijo de puta. Un simple papel te dice quién sos, cuánto valés, y tiene la propiedad mágica que mide tu coeficiente intelectual. ¡Bah! ¡Ay! ¡Qué diferente es el verano
del anglosajón y el verano del ilegal!
Aquí aún con la crisis económica que le ha quitado el trabajo a más de un 60% de la comunidad latinoamericana, sigue intolerablemente reinando la soberbia, el Ego, la sumisión, y, sobre todo la discriminación. Aunque se ha anunciado que ha bajado en gran cantidad el número de personas que intentan cruzar ilegalmente las fronteras de éste imperio, siguen muriendo en las garras de los desiertos, en las aguas del río Bravo, apelmazados en los rieles de las líneas de los trenes mexicanos, y muchas porque en su mayoría son mujeres y niñas en las manos de todos esos delincuentes de almas, los que se disfrazan de coyotes y terminan siendo los que trafican con trata de personas. Es por eso que seguimos esperando una reforma migratoria que ayude a los miles de emigrantes que se desvanecen en la oscura, nocturna e interminable pesadilla del sueño americano.
Ilka Oliva.
24 de julio de 2009
Illinois, Estados Unidos.

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